¡He aquí un hombre que ama de verdad!

hombre de verdad

Estimados amigos, me animé a darles mi testimonio al leer el de alguien más, publicado el pasado 3 de julio: “Dios me demostró que Él hace todas las cosas nuevas y mejores”. He pensado que sería bueno compartir mi experiencia con ustedes. Esta clase de testimonios son esenciales en un mundo en que aquellos que valoramos cosas como la castidad parecemos extraterrestres. Todas estas instancias formativas, sean personales o presenciales, además de formarnos en buenas doctrinas, tienen también el mérito de recordarnos que no estamos solos y, sobre todo, que no estamos locos, que hay por allí, en mi país, en mi ciudad, en mi barrio incluso, gente como nosotros, de nuestra edad, de nuestra ocupación, de nuestros intereses, que considera que la castidad es importante.

Paso, pues, a contarles.

En pocas semanas más, se cumplirán 8 años desde que empezamos nuestro noviazgo (“pololeo”, como le decimos acá en Chile a la parte más temprana e informal del noviazgo) con la maravillosa mujer con la que hoy estoy felizmente casado desde hace casi seis años. Hemos tenido momentos buenos y malos, y algunos muy duros. Sin ir más lejos, ahora estamos sin trabajo. Han sido años felices, bendecidos con dos hermosos niños.

Y quizá una de las pocas sombras en esta relación bendita es ésta: aunque ella fue la primera mujer con la que tuve relaciones sexuales, yo no fui el primero en estar con ella de esa manera. Eso, a veces, me ha dolido mucho y sé que a ella aún le pesa montones.

Nos conocimos más cerca de los 30 que de los 20. En mi adolescencia y juventud no siempre fue fácil mantener mi lucha por la castidad, sobre todo, porque el bombardeo mediático contrario es incesante, y bueno, como dicen, “uno no está hecho de fierro”. Alguna vez recuerdo que amigos o conocidos se burlaron de mí porque les compartí que hacía mucho tiempo que no me masturbaba (estamos hablando de los 15 o 16 años), aunque reconozco a mis amigos del colegio y de la universidad que, en general, siempre fueron respetuosos de mis opciones y entendían que, para mí, era un asunto importante, aunque ellos no compartieran esas inquietudes.

Para esperar tantos años fue indispensable la oración como alimento de la fuerza de voluntad. La vida activa siempre ayuda también; siempre estuve rodeado de muchos amigos y hasta de chicas bonitas. Nunca supe muy bien por qué, creo que las mujeres son instintivamente más sabias y son atraídas por las auténticas virtudes viriles, incluso desde jóvenes, aunque también les importe que los chicos sean “lindos”, que no era mi caso, en verdad, aunque yo me sentía estrella de Hollywood, al menos. Lo cierto es que siempre tuve mucha actividad social y física. Además, me encanta leer, así que era raro que estuviera ocioso. Como todos, caí muchas veces, pero siempre recurría lo antes posible a la Confesión y a la Eucaristía y, cuando fallaba la voluntad o la tentación era grande, siempre el Señor fue en mi ayuda de las formas más inesperadas. Así fue que, al conocer a la que sería mi esposa, nunca había tenido relaciones sexuales.

Cuando nos conocimos, la atracción mutua tuvo que ver, en gran parte, con el hecho de compartir ciertos valores comunes. Como yo, ella era católica practicante y decía y escribía cosas que me hicieron sentirme muy cerca de ella. Había muchas cosas que podía conversar por primera vez con una chica. Al comienzo incluso, por lo que decía y lo que pensaba, me parecía posible que hubiera encontrado otra persona, tan parecida a mí, que hasta podía haber decidido esperar para entregarse completamente sólo a mí. Antes de las dos semanas ya sabía que ésta era la mujer con la que, si no me casaba, me moría: sí, estaba perdidamente enamorado (y lo sigo estando).

Sin embargo, antes de cumplir un mes de pololeo, me confesó que, durante la universidad, había conocido a un muchacho con el que había estado muchos años a pesar de que la había hecho sufrir mucho. Ella estaba lejos de su familia y, de hecho, vivía sola, así que fue como si vivieran juntos varios años. Para mí fue terriblemente doloroso saberlo, pero tragué saliva, pensé en lo mucho que la amaba, recordé que, en todos los otros aspectos, esta mujer era una mina de oro, y le dije que a mí me interesaba su historia, porque era de ella, pero me interesaba, sobre todo, su futuro, porque era nuestro, compartido. Traté sinceramente de dar por superado el tema, pero sale cada cierto tiempo y, cuando pienso en eso, siempre duele mucho.

Son muchos, quizás, los hombres que sienten cosas parecidas. En mi caso, creo que lo que me molestaba se resumía en tres cosas, un poco irracionales y hasta tontas, pero tal vez, insisto, compartidas por muchos:

1. A la edad en que nos conocimos, más de 28 años, tenía una pequeña esperanza de que esta maravillosa mujer fuera, además de todo, virgen; pero entendía que era poco probable y estaba preparado para el escenario de que hubiera tenido alguna debilidad con un antiguo pololo y hubiera tenido relaciones sexuales tres o cuatro veces. Pero descubrir que prácticamente convivió conyugalmente con él y que no fueron tres o cuatro veces, sino que trescientas o cuatrocientas veces las que tuvieron relaciones sexuales, me cayó como un misil nuclear.

2. Estaba también el aspecto clásico de los celos. El que hubiera tenido contacto físico con otro hombre me violentaba de manera orgánica, física, con un dolor en el alma, pero también en el estómago y los pulmones. Me resultaba insoportable pensar que una parte del cuerpo de otro hombre hubiera estado dentro del cuerpo de ella, que el producto orgánico de ese otro hombre hubiera quedado depositado justo en la parte más íntima del cuerpo de la persona que yo más había amado y que eso hubiera pasado cien, doscientas, trescientas o no sé cuántas veces, con el consentimiento de ella y hasta con auténtico placer de su parte. Son cosas viscerales y puede parecer hasta grotesco compartirlas, pero luego voy a explicar por qué lo estoy diciendo.

3. Por último, los celos están conectados con la envidia, incluso cuando se dan de manera retrospectiva. Ese hombre había conocido carnalmente a mi esposa cuando ella era muy jovencita y tenía un cuerpo propio de modelo de revista. El cuerpo que ella tenía al conocernos y el que tiene hoy me parece lo más maravilloso del mundo y me puedo quedar horas admirándola como a la sinfonía mejor escrita por el Divino Compositor, pero sentía que, si alguien tenía derecho a ese otro cuerpo joven y escultural, ese alguien debí haber sido yo y no otro, ¡porque ella era mi esposa y yo había esperado tanto! Por primera vez, sentí algo parecido al odio hacia otra persona y también una tremenda rabia con Dios por haber permitido que las cosas pasaran de la manera en que pasaron.

En tres puntos, he tratado de resumir los sentimientos que me han molestado respecto del hecho de no haber sido “el primero” en su vida.

El testimonio que publicaron el 2 de julio me parece muy completo y yo no podría decir mejor que el autor de ese testimonio cómo se puede superar o sublimar esta serie de sentimientos: Soy virgen y mi novia no lo es. La idea de su pasado me persigue, ¿cómo puedo superarlo? Lo fundamental es la oración y ofrecer todos los dolores a Cristo Jesús, que nos enseña a vencer todo con su ejemplo en la Cruz, hasta la muerte.

Hay, sin embargo, un par de otras cosas en las que quisiera reflexionar y que las comparto, puesto que ya estoy lanzado escribiendo esto.

En primer lugar, hay algo que ver con el punto 2, con ese sentimiento visceral. Durante ya un par de siglos nos han tratado de convencer que el ser humano debe dejarse gobernar por los instintos, a los que no puede vencer sin hacerse una especie de daño irreparable por el hecho de “reprimirse”. Una serie de pensadores, desde Freud en adelante, al menos, nos han tratado de convencer de que el hombre es una bestia, especialmente los varones, y generaron una serie de escuelas y tendencias que, en el último tiempo, han iniciado una ofensiva contra las mujeres en el mismo sentido. También nos han tratado de convencer de que no hay Dios y de que, por tanto, esta bestezuela que solíamos llamar hombre está, más encima, completamente sola en cualquier intento por elevarse hacia lo trascendente. En resumen, que los instintos nos gobiernen, porque es inútil y hasta dañino intentar gobernarlos nosotros. ¿Pero será tan así? Me parece que no y por eso mencioné el aspecto de mis reacciones viscerales. Es verdad que tenemos inscritos instintos de reproducción en nuestra naturaleza. Pero esa reacción visceral, que es la primera y más inevitable de todas, que es la más dolorosa, también es una respuesta COMPLETAMENTE NATURAL. Dios hizo la naturaleza, incluyendo la nuestra, y esa naturaleza, desde nuestra mismísima entraña, nos dice con manifestaciones físicas que ciertas cosas están bien y otras están mal. Cuando tenemos esos sentimientos respecto a la experiencia sexual de nuestra esposa o novia, es nuestra naturaleza recordándonos que el lugar para las relaciones sexuales es el matrimonio indisoluble, bendecido por Dios, en medio del amor comprometido para siempre, ante la comunidad, la familia y la Iglesia; que si no ha sido así, algo ha andado mal y, desde luego, las cosas que andan mal nos molestan mucho en el caso de las personas que amamos. No nos dejemos engañar por los que miran el mundo sin Dios, porque nuestras tendencias instintivas pueden ir hacia muchas direcciones, todas son queridas por Dios y puede estar a Su servicio. En el caso de la sexualidad, servirá a la Verdad estando anidada en la familia tradicional, abierta a la vida de los hijos y al amor conyugal; en el caso de esta tendencia un poco más egoísta, a simple vista, como esta de querer que la persona amada solo nos pertenezca a nosotros, si se transforma en dolor, podemos encauzarla ofreciéndola al Padre Dios, tal como lo hizo Jesús, con los dolores de su corazón, la noche que pasó en el huerto de Getsemaní y no lo olvidemos: ese camino termina en el triunfo y la alegría más espectaculares que ha habido o habrá en el universo.

Les puedo contar que, a veces, esas imágenes en las que no quiero pensar y que quisiera que no hubieran pasado nunca, se presentan en mi cabeza sin yo quererlo y sin poder evitarlo. Lo importante es no dejarse vencer por la rabia y la pena, que son aliadas del enemigo. Cristo es esperanza y alegría, así que tenemos que ofrecer esas molestias por nuestro matrimonio o noviazgo, por la sanación de los recuerdos (como decía el autor del testimonio que publicaron el otro día) y hasta por ese otro hombre que alguna vez estuvo con ella y que anda a saber tú dónde fue a parar, para que también se salve, aunque nos encantaría conocerlo para agarrarlo a puñetazos, porque la salvación de ese hombre, de todas las personas, es lo que quiere el Señor y debemos querer lo que Él quiere… ¡y por tanta otra cosa que se puede ofrecer, que no somos el centro del universo y hay averías que arreglar por todos lados, partiendo por nuestros pecados!

Soy feliz, estoy felizmente casado y, con la ayuda de Dios, esta mujer, que fue la primera en mi lecho, será la última. Ya he dicho que me ha dado dos hermosos hijos. Nuestras historias nos llevaron al punto justo en que Dios quiso que nos enamoráramos, así que debemos agradecer esas historias también. Si Dios permitió errores, esas caídas nos han hecho más fuertes y nos han enseñado que Cristo siempre perdona y es el Buen Pastor que nunca da una oveja por perdida. En lo que a mí respecta, hay cosas que me gustaría hubieran sido distintas en la vida de mi señora y cosas que me gustaría hubieran sido diferentes en la mía, pero sobre todo hay partes de mi vida actual y futura que me interesa cambiar y conducir para que nos asemejemos más a Cristo. En lo medular, agradezco haber nacido en una familia donde me presentaron a Jesús desde pequeño y eso, que es lo más importante de la existencia, me permite concluir que no quisiera otra vida que la que Dios me ha dado. No me arrepiento de haber esperado por ella; es una mujer maravillosa y todavía no sé qué diablos me ha visto, porque no tengo grandes talentos y tampoco soy Brad Pitt en versión latina, pero esa espera me ha permitido ofrecerle a ella, al menos, una cosa única que posiblemente no han tenido muchas otras mujeres en nuestros días: que ella sí sea la primera, así que agradezco a Dios por haberme ayudado a que así fuera. Y, respecto de mi matrimonio, me casaría con ella de nuevo, sin ninguna sombra de duda; si viviera 1.000 vidas más, volvería a esperar 1.000 veces más a esta misma mujer que, en definitiva, al único que ha elegido en la verdadera libertad de los hijos de Dios ha sido a este servidor.

Sigan así, “La Opción V” es una excelente idea. Dios los bendiga y cuenten con las oraciones de nuestra familia.

Gracias por escuchar o leer, más bien.

Anónimo.

Testimonio escrito para La Opción V

* ¡Este Blog es un espacio creado para ti! Tú también puedes enviarnos tus preguntas, testimonio o reflexiones a laopcionv@gmail.com, con nuestro compromiso de guardar tu identidad en la más absoluta reserva. Con tu colaboración y participación podremos ser cada vez más quienes creemos que el amor verdadero sí existe, y que el camino para alcanzarlo es la castidad!

** Todas las publicaciones en este Blog son de propiedad de La Opción V. Pueden ser difundidas libremente, por cualquier medio, consignando siempre la fuente. Está terminantemente prohibida su reproducción total o parcial con fines de lucro.

 

3 comentarios

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3 Respuestas a “¡He aquí un hombre que ama de verdad!

  1. Sara

    Que hermosa historia si muchos jóvenes o esposos pensaran así .
    Felicito a Anónimo por su valentía y caridad humana en compartir su testimonio, y de esa manera ayudar a muchos hombres. Que el Espiritu Santo ilumine a los jóvenes para que sepan encontrar el amor verdadero.
    Bendiciones.

  2. María Isabel

    🙂 Tú eres un “Caballero del matrimonio”, por decir eso en lugar de : “Caballero de los mares”, más chilenos deberían tratar así como tú de seguir a Dios e igual en mi país Perú….debe ser por ese machismo que ya viene inclusive desde antes …pero, se puede vencer, el hembrismo tampoco conviene….sino el seguir a Dios.

  3. Fran

    Gracias por tu testimonio!

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