SABER AMAR CON EL CUERPO, por Mikel Gotzon Santamaría

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Con el desarrollo científico y tecnológico llegaron muchas cosas buenas, pero también llegaron muchos problemas como consecuencia de  una noción de progreso que dejó de respetar la naturaleza. En este panorama, comenzó a hablarse de ecología. Se vio que no todo lo que podía hacerse, debía hacerse, no todo era bueno o conveniente para el mundo y para el ser humano. 

Con la sexualidad ha sucedido lo mismo. La cantidad de posibilidades que la técnica y la revolución sexual han puesto a nuestro alcance han generado gran confusión sobre cómo vivir la propia sexualidad. En este asunto, al igual que en los progresos científicos, se ve que la técnica sola no da la felicidad, y mucho menos una técnica y unos avances que no respeten ni estén al servicio del hombre y de la naturaleza.

Por todo esto, Mikel Gotzon Santamaría propone en este libro (y así lo subtitula) una ecología sexual. Se necesita conocer en profundidad al hombre y a la mujer,  cómo son sus relaciones entre ellos, el sentido del sexo, el lenguaje del cuerpo, el lugar del placer, la estética de la sexualidad, el significado real del matrimonio… De todos estos principios básicos de ecología sexual trata Saber amar con el cuerpo.

El lenguaje del cuerpo

La persona es carne y espíritu. Ni es sólo cuerpo, ni el cuerpo es una especie de cárcel del alma, ni tampoco un mero instrumento del que puedo disponer a mi antojo como si fuera una herramienta cualquiera. El cuerpo es parte esencial de la persona. Con el cuerpo hablamos, podemos expresar lo que llevamos dentro, y por eso existe un lenguaje del cuerpo. “La libertad y la capacidad de amar son lo más grande e íntimo que tiene la persona humana. Por eso, la sexualidad, en la medida en que es expresión corporal de esa capacidad de amar, afecta al hombre de manera íntima y profunda, tanto para bien como para mal” (pág.12).

Si la sexualidad es la expresión de nuestra capacidad de amar, resulta interesante profundizar en qué significa amar. El autor habla de tres niveles en el amor entre el hombre y la mujer. Son tres niveles que no se excluyen sino que se van integrando el uno en el otro: el más elemental es el atractivo físico; luego está el enamoramiento afectivo, que no es algo que eliges, sino que de repente te encuentras enamorado de otra persona; por último, el amor esponsal, “el amor, que ha surgido sin intervención de la voluntad, se convierte en una decisión, tomada libremente, de entregarse al otro, amándolo tal y como es y como será” (pág.15).

El amor, entendido así, implica un “para siempre”. Si tiene fecha de caducidad ya no será un “te amo” de verdad, sino más bien un “me gustas, me apeteces, me lo paso bien contigo pero ni por asomo estoy dispuesto a entregarme entero a ti, ni a entregarte mi vida” (pág.19).

Pero cuando hay un verdadero amor esponsal, cuando dos personas se entregan sin condiciones y para siempre la una a la otra, la manera de expresarlo en el lenguaje corporal es la entrega del propio cuerpo: el acto sexual. Por eso, si no ha habido una entrega de la propia vida –y esto se realiza en el matrimonio- “el acto sexual no puede ser expresión auténtica de una entrega que todavía no existe” (pág.22), nuestro lenguaje corporal estaría mintiendo, porque no puede expresar una entrega total y para siempre que aún no se ha realizado.

¿Por qué casarse?

Gotzon Santamaría señala la importancia de entender en profundidad qué significa el matrimonio para así poder comprender por qué el acto sexual tiene su verdadero sentido dentro de él.

El matrimonio no es un papeleo, no es firmar unos documentos, no es la ceremonia, ni la cena, ni la fiesta. “Casarse no es otra cosa que la entrega mutua de dos personas para siempre, de cara a los posibles hijos. Los papeles no son sino una expresión externa de esa realidad interior que se consuma en la intimidad de la voluntad y se expresa en la intimidad del cuerpo”(pág.34).

El autor reconoce que casarse es una locura, como tirarse sin paracaídas. “Esto será arriesgado, pero la verdad es que el amor exige y necesita este abandono en manos del otro. Si quiero amar y ser amado, no puedo seguir llevando una coraza, tengo que abandonarme y depender realmente del cariño del otro para ser feliz. (…) Esto implica que el otro me puede hacer daño. Pero si me pongo la coraza, para impedir los posibles sufrimientos, esa coraza hará imposible la intimidad y el abandono que son necesarios para experimentar el amor. Sin el riesgo de dolor, no es posible la alegría del amor” (pág.30).

El “para siempre” que implica casarse es tan esencial, que aunque legalmente dos personas casadas puedan divorciarse, si se casaron bien , si se entregaron sus vidas mutuamente y para siempre -que es la única manera de casarse de verdad- seguirán estando casados, porque cada uno tenemos una vida y si la has entregado irrevocablemente, ya no hay marcha atrás. Otra cosa será, que en el momento de casarte no fueras con la intención de “tirarte sin paracaídas”. En tal caso, no habría existido nunca matrimonio, porque o te casas para siempre, o no te casas.

Cosa distinta del divorcio es la separación. El autor defiende que el Estado reconozca y regule esas situaciones complicadas en las que la vida en común se vuelve difícil o incluso perjudicial. La Iglesia católica también reconoce esta situación “y tiene previsto que una pareja tenga que vivir separada, con lo que no existen ya las obligaciones propias de la convivencia común” (pág.32) aunque eso no significa que ese matrimonio deje de existir.

Ser hombre y ser mujer

“Somos hombres y mujeres porque hay que tener hijos. Si no hubiera que tener hijos, las personas humanas no nos dividiríamos en hombres y mujeres. Y nuestras relaciones de amor serían distintas de lo que lo son ahora. Si existe el amor entre hombre y mujer es porque existe la diferencia sexual. Y la diferencia sexual existe por la necesidad de tener hijos” (pág.58). Lo que nos diferencia a hombres y mujeres es nuestra capacidad de ser padres y madres –respectivamente. El autor del libro dedica unas páginas a desarrollar estas dos ideas interesantes: “cuerpo de mujer, cuerpo de madre” y “cuerpo de hombre, cuerpo de padre”.

Es evidente que lo característico físicamente de la mujer respecto al hombre son los atributos que están directamente relacionados con su posible maternidad: los pechos y la forma de las caderas. Gotzon Santamaría critica la imagen que se ha extendido de mujer-objeto, así como la imagen de hombre-macho, y señala que tener estas concepciones de ambos sexos dificulta entender el sentido y la grandeza del amor sexual. Critica que se cosifique a la mujer y que  la imagen social del hombre no destaque sus funciones de padre. “La constitución sexual del hombre está encaminada a la paternidad. Y la paternidad es fruto del amor. El acto sexual no es un simple medio para la procreación, sino que ha de expresar corporalmente toda la ternura de amor que la mujer necesita. Habría que preguntarse si el ambiente y la imagen de hombre y de mujer que le ofrece nuestra cultura permite al hombre vivir su propio sexo como instrumento y expresión de la delicadeza y ternura propias de un amor total” (pág.65).

Y no sólo en los hombres, sino también en muchas mujeres –y cada vez más- se da la idea de que sexo y amor están totalmente separados, “la imagen del enamoramiento y de la ternura está disociada de la imagen corporal de su propio sexo”, pero en realidad “sexo y amor son, de por sí, dos caras de la misma realidad. Cuando la experiencia común es la disociación, podemos asegurar que se ha introducido un factor de corrupción en la imagen social de la sexualidad” (págs.66y67).

El lugar del placer

“La excitación sexual es la situación del cuerpo que prepara y hace posible ese acto de entrega total que es el amor. Por tanto es, en sí misma, algo bueno. Cuando prepara para el amor entre los esposos, la ternura física expresa esa verdadera unión personal entre dos personas que se han entregado mutuamente la vida entera. Buscar la excitación es bueno –y necesario-, tiene sentido, es verdadero cariño, y sabe a cariño, cuando se va a realizar el acto sexual. Y este tiene sentido cuando es verdaderamente hacer el amor, dentro del matrimonio” (pág.24).

El placer, por tanto, es un medio, no un fin. El fin es el amor, es expresar con el lenguaje del cuerpo la entrega de la vida. Fuera de este contexto que el autor describe en el párrafo anterior, el placer dejaría de ser un medio para convertirse en un fin, y si en el acto sexual lo que buscamos no es amar, sino placer, estamos siendo egoístas, y no estamos sabiendo amar con el cuerpo. Saber amar con el cuerpo es lo que se suele llamar pureza o castidad, y es algo que requiere entrenamiento. No se trata de “ya me he casado, ya todo vale” sino de aprender a amar del todo, con todo el cuerpo y toda el alma, y sin egoísmos. Porque también en el lecho matrimonial puede haber egoísmo, si, por ejemplo, el marido va al acto sexual simplemente a buscar placer, o simplemente para tener un hijo, sin tener en cuenta el amor que su mujer necesita.

En el noviazgo también se expresa el amor con el lenguaje del cuerpo. Como se ha dicho antes, el lenguaje del cuerpo tiene que expresar una realidad existente. Por eso mismo, sería una especie de mentira que unos novios se acostaran: sus cuerpos estarían diciendo “me doy entero a ti”, pero la realidad es que esa entrega de la propia persona y la propia vida no se ha realizado todavía (aunque tengan intención de casarse en un futuro).

Gotzon Santamaría afirma que “la excitación de la carne está diseñada para tener el sabor de ‘soy tuyo (tuya) para siempre’” (pág.50) y que esa “locura del acto sexual es expresión de la locura de esa entrega total y para siempre” (pág.42). Por eso, tampoco tendría sentido que dos novios buscaran el placer fuera del acto sexual, ya que estarían sacando al placer de su función de medio, para convertirlo en fin, y entonces el fin ya no sería el amor.

Estética y sexualidad

Si la pureza nos permite aprender a amar con el cuerpo, el pudor es una virtud que nos ayuda en esta tarea. El autor señala que no hay unas reglas fijas. Por una parte hay que tener en cuenta la natural diferencia de percepción de hombres y mujeres, ya que no reaccionamos igual ante el cuerpo del otro sexo. Otra variable a tener en cuenta es la situación en la que nos encontremos: nos vestimos diferente para ir a la playa o para ir a trabajar, el bañador es perfecto para el mar, pero no para la oficina.

Por otra parte, Gotzon Santamaría afirma que el pudor no es cuestión de centímetros de tela, “depende de un conjunto de factores que influyen en la percepción que los demás tienen de nosotros. Depende de la diversa situación y de la función del vestido, y depende también de las costumbres” (pág.86) así como del “significado de ‘disponibilidad sexual’ que está asociado a un modo de vestir” (pág.87), como puede ser el caso de algunas prendas que marquen más lo sexual.

Y todo esto, no porque la desnudez sea algo malo en sí sino porque “la apertura de la intimidad corporal, ha de ir siempre ligada a la entrega mutua y total de la propia persona, que se realiza en el matrimonio.  La desnudez es signo de disponibilidad, de abandono y entrega plena, por eso exige que haya una entrega mutua y para siempre” (pág.90).

Al hablar de la desnudez, el autor también dedica unos epígrafes a tratar sobre las condiciones del desnudo cuando éste es necesario por ejemplo, en una consulta médica, o como es el caso del desnudo artístico, y señala que “ante el peligro siempre real de una inadecuada interpretación de esa situación se requiere que esa desnudez sea necesaria para un fin digno y noble. (…). La dignidad propia de la relación médica o de la auténtica creación de belleza hacen que el desnudo quede justificado. Pero es necesario, además, crear una situación adecuada, que aleje todo peligro para la dignidad personal del paciente o del modelo” (pág.91). Admite que es posible en la expresión artística un desnudo que no sea una consideración del cuerpo como objeto de deseo sexual.

También en la representación fotográfica o cinematográfica, aunque en estos casos resulte más difícil no caer en la cosificación del cuerpo humano. Pero en lo que se refiere a la representación de la intimidad conyugal, es distinto, ya que “la contemplación visual del acto sexual no sirve para expresar artísticamente el amor personal, porque la fuerza de lo carnal se impone de modo espontáneo. Para expresar el amor, muchos gestos y expresiones son mucho más gráficos que la intimidad conyugal, precisamente porque no implican el riesgo de una interpretación meramente carnal” (pág.96).

Ecología sexual… con Dios, mejor

Aunque los principios de ecología sexual formulados en el libro pueden argumentarse desde el punto de vista meramente natural y racional, desde el conocimiento profundo de la persona y sus relaciones, Mikel Gotzon Santamaría no esconde que Dios juega un papel en todo esto. “Hemos comparado el acto de casarse a tirarse sin paracaídas: algo que no tiene remedio. Ahora bien, tirarse sin paracaídas es una locura que no haría nadie que esté en su sano juicio. Y esto mismo es lo que muchos estarán pensando del matrimonio para siempre, que es, ciertamente , de ‘alto riesgo’, que es una imprudencia”(pág.37). El autor señala que este “tirarse sin paracaídas es razonable solo si tengo a Dios esperándome, no solo al final sino también a lo largo de todo el camino”(pág.42). Porque quien puede hacer feliz plenamente al ser humano es Dios,  y muchas veces lo hará a través del cónyuge, pero muchas veces sin él o a pesar de él, incluso.

También recuerda que, para los cristianos, el matrimonio es un sacramento y una vocación:  “Se ha dicho que el lecho matrimonial es un altar. En efecto, se consuma en él algo santo y grande, la entrega mutua de dos personas. Y esa entrega es camino de la entrega de esas personas a Dios. Para el hombre casado, el camino hacia el Cielo tiene el nombre de su mujer. Para la mujer casada, el camino hacia el Cielo tiene el nombre de su marido” (pág.23).

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