“El día que aborté, me sentí morir junto a mi hijito”

“Me sentí morir junto a mi hijito”

Queridos amigos de La Opción V: Les envío mi testimonio. Quiero confesarles que me costó muchísimo escribirlo… Regresaron algunos recuerdos y sentimientos negativos hacia mí misma, que me quebraron mucho. Espero que el Señor en su infinito amor y misericordia pueda valerse de estas páginas, para poder hablarle a alguna joven que acaso esté pensando en abortar. Les agradezco me permitan compartirlo. Muchas gracias porque a través de las palabras que Dios les ha permitido decir, se han convertido muchos corazones. El mío es uno de ellos.

Soy una chica de 24 años que dejó de ser virgen a los 18. Cuando oigo hablar de pureza pasa por mi mente el recuerdo de los deseos que tuve desde muy pequeña. Yo siempre quise casarme y soñaba con el príncipe azul de mi vida, que vendría a cuidarme y a amarme como solía ver en los cuentos. Me pregunto: ¿Qué chica alguna vez en su vida no pensó en lo mismo que yo? Creo que todas tenemos ese anhelo de un amor puro en lo más profundo de nuestro corazón. Pero no sólo pensaba que quería casarme, además pensaba que sólo en ese momento me entregaría a quien fuera mi esposo.

Cuando cumplí 16 años conocí a un chico del cual me enamoré. Él era para mí todo lo que a mi corta edad había esperado: era muy simpático, tenía muchos detalles conmigo, me decía cosas muy dulces, siempre estaba pendiente de mí y compartíamos mucho tiempo juntos.

Ahora bien, él solía quedarse sólo en su casa y me invitaba a acompañarlo. Yo no veía nada de malo en ello. Al principio sólo conversábamos, pero luego las cosas empezaron a avanzar más y más.

Yo empezaba a sentir que eso que ocurría no era correcto, pero cuando lo escuchaba decirme que “me amaba” y que “se casaría conmigo” porque “quería pasar el resto de su vida a mi lado”, me tranquilizaba y me decía a mí misma: “esto es amor y no quiero perderlo”.

Estuvimos así bastante tiempo y al cumplir 2 años de relación, olvidé mi anhelo de llegar virgen al matrimonio y acepté tener relaciones con él. Ya lo había consultado con algunas “amigas” y me decían que era una experiencia normal y bonita, que no tuviera miedo, además, después de dos años, “ya era tiempo” de hacerlo. (Como si dos años fueran suficientes para entregar algo que había atesorado tanto y que perdí aquella vez).

La experiencia no fue ni normal, ni mucho menos bonita, fue ¡HORRIBLE! ¡Nunca estuve segura de querer hacerlo! Recuerdo que ese día les mentí mucho a mis papás para que me dejaran salir. Luego pensaba en la gran decepción que sentirían ellos si se enteraban. Me sentí decepcionada de mí misma, asqueada, con mucha cólera. Quería poder dar marcha atrás, retroceder algunos instantes y decir NO, pero ya era tarde.

Después de ese momento nuestra relación cambio terriblemente. Los detalles dejaron de verse, las palabras bonitas dejaron de escucharse. ¡Él dejo de hablarme con respeto! Me convertí en un objeto de su propiedad al que tenía disponible cuando lo deseaba y para lo que deseaba. Me reduje a “ser sólo mi cuerpo” para él.

Así me sentía yo también, sin ningún valor más que el que él me daba cuando me decía que “me amaba”. Y yo no entendía o no quería entender. ¡No era feliz! Vivía llena de miedos. Esperaba ansiosa mi período… y me convertí en una esclava de esta situación.

Él me pedía “cuidarme” (con algún anticonceptivo) para tenerme disponible a su antojo, sin ningún tipo de responsabilidad ni preocupación de su parte. Yo me moría de miedo de que mis papás me pescaran tomando alguno y nunca lo hice. Todos los meses pasábamos por lo mismo. Entre discusiones y reconciliaciones, llegó el día en el que mi período no llegó. Entre temores y peleas, decidimos ir juntos a hacerme una prueba de embarazo. El resultado fue… positivo. Yo no supe qué hacer en ese momento. Lloré mucho, quería huir, negarlo todo… ¡No podía creerlo!

Lo primero que escuché de él después del resultado fue un: “¡vámonos lejos!”. Yo no me imaginaba fuera de casa. Me sentía como una niña que sólo se había puesto el disfraz de una mujer adulta y que deseaba sacárselo porque “le quedaba grande”, ¡porque no lo soportaba más! Lloré como jamás lo había hecho. No pude huir de casa…

¡Mi mamá me va a matar!

¡Mi mamá me va a matar!

Mis papás no tardaron mucho en enterarse, me dijeron todo lo que esperaba e imaginaba que me dirían. Sus insultos fueron muy dolorosos, mucho más que sus golpes. Corrí muy lejos. Luego de varias horas me encontraron y regresamos a casa a pesar que ellos aun estaban muy molestos. Me preguntaron: “¿qué harás ahora?” Yo estudiaba en una institución castrense y mi embarazo significaba la expulsión de la institución en aquel tiempo.

Mi respuesta fue: “¡No lo quiero!” Pero mentía, sí lo quería, ¡lo quería mucho! Mis papás contactaron a algunas personas que me “ayudarían” en un par de días. Yo estaba muy confundida, me mostraba muy firme en mi decisión ante mis padres, pero tenía la esperanza de que en esos días mi enamorado, quien decía “amarme” tanto, viniera. Pero nunca más volví a verlo.

Mis papas me llevaron a abortar a mi bebé. Antes del procedimiento, me pidieron algunas pruebas. Entre ellas, una ecografía, donde pude ver a mi bebé y, a pesar de verlo, me negué a tenerlo frente a ellos.

Digan lo que digan, el aborto destroza a la mujer...

Digan lo que digan, el aborto destroza a la mujer…

Lo que ocurrió ese día fue una tortura, que recuerdo con mucho dolor hasta el día de hoy. Me sentí morir junto a mi hijito. Regrese a casa (aunque hubiera preferido no hacerlo) y quería desaparecer. ¡Me odié! No me soportaba a mí misma, no podía verme ni al espejo. No soportaba vivir en mi casa, no podía ver a mis papás, odiaba despertar y hallarme aún aquí sola. No había día en el que no llorase, en el que no me doliese lo que había hecho, en el que no pidiese perdón a Dios.

Si antes había dejado de ir a Misa por la vergüenza de haber pecado teniendo relaciones sexuales, esta vez no podía siquiera pasar cerca de la puerta de alguna iglesia. Me juzgué y me condené a mí misma: no era digna de nada.

Yo era el ejemplo vivo de las rupturas como consecuencia del pecado: con Dios, conmigo misma, con los demás y con lo creado. ¿A dónde me había llevado el “gran amor” que pensé tener, sino era a lo más profundo de un hoyo? ¿En dónde había puesto mis anhelos y sueños más profundos? ¿En dónde estaba mi corazón?

Me sentía como aquel hijo que pidiéndole la herencia a su Padre se fue y la malgastó, al punto de perderlo todo y terminar comiendo con los cerdos. La vergüenza y la culpa pesaban sobre mí. Yo, al igual que ese hijo, me había alejado, todo lo había malgastado y todo lo había perdido. “¿Qué hice?”, me preguntaba con el corazón destrozado. ¿Alguien me amaría ahora? ¿Quién voltearía a verme siquiera?

No podía más, necesitaba contarle a alguien lo que sentía y cuanto me dolía. Sabía que no sería fácil decirlo y que me escuchen sin asombro, pero por primera vez fui valiente y lo hice. Busqué a mi animadora, se lo conté todo a ella y luego me acompañó a confesarme. Después de mucho tiempo mi corazón se sintió aliviado y con esperanza. El dolor aun permanecía y les confieso que me confesé varias veces con diferentes sacerdotes por mi mismo pecado. No era suficiente para mí, mis recuerdos me atormentaban. Endurecí el corazón. Aun era egoísta, sólo podía ver mi pecado y todo lo malo que había hecho.

¡El Señor me perdonó, Él devolvió la vida a mi alma!

¡El Señor me perdonó, Él devolvió la vida a mi alma!

Tardé mucho tiempo en entender que el Señor ya me había perdonado, que para Él era suficiente con que yo haya regresado y lo haya buscado. Aunque para mí eso era insignificante, para Él era suficiente. Lo demás sólo tenía que dejarlo en sus manos ¡y no tienen idea de cómo me costó hacer eso! Poco a poco pasaron los días y de la manera más dulce y sutil me fui encontrando con detalles hermosos, que ahora puedo reconocer y valorar. Yo no hice mucho a partir de allí.

Conocí a una amiga a quien hoy quiero mucho, una muestra de que Dios siempre está pendiente de nosotros y que se hace presente de manera directa y evidente a través de los amigos. Esta amiga se ganó mi confianza, me ofreció su ayuda y me propuso ser parte de un grupo en el que brindan ayuda a mujeres que habían decidido hacer lo mismo que yo. Acepté rápidamente. Nos veíamos una vez por semana. Al principio fue muy difícil y me corría de muchas cosas con ella porque me costaba mucho, porque en mi lucha contra mi “mujer vieja” solía dejarla ganar muchas veces. Mi amiga me tenía mucha paciencia, rezaba mucho por mí, no me forzaba ni me obligaba a nada. Todo dependía de mí.

Poco a poco el corazón se hacía más dócil, empecé a rezar con mucha más frecuencia, a entregarle todos mis esfuerzos y mi lucha a Dios y a la Virgen, y cada vez era menos difícil. El Señor trabajaba silenciosamente, pegaba cada uno de los pedacitos de mi corazón, me iba educando e instruyendo, me hablaba fuerte y claro, en cada cosa que me ocurría podía verlo, podía sentirlo. Pasó el tiempo y no recuerdo en qué momento Dios se metió tanto en mi vida, en qué momento se apoderó de mí y me devolvió un corazón nuevo, que llegaba con la alegría de una nueva oportunidad.

Yo, que no tenía esperanzas, que lo había perdido todo, estaba aun aquí, viva, rezando, observándome de una manera totalmente distinta, con ganas de empezar de nuevo, sintiéndome por primera vez verdaderamente amada.

El proceso de reconciliación me ha costado bastante, aún lucho conmigo misma. Recuerdos y pensamientos aún vienen a mi mente, pero cierro los ojos y sé que ya no estoy sola. Todo ha llegado a ser distinto. Ahora tengo a Dios, que en su amor y misericordia infinita me sostiene cuando siento que puedo caer.

Han pasado ya 6 años desde aquel momento en el que libremente decidí entregarme. Aún duele mucho recordar y sé que siempre va a doler, ¡pero he aprendido tanto en este tiempo! Hasta el dolor tiene sentido cuando vamos acompañadas de nuestro Señor. Esta cruz no ha dejado de pesar, pero la manera de cargarla es totalmente distinta.

Yo no entiendo muchas veces el amor de Dios. ¿Cómo puede ser posible tanto amor? Pero es lógico, si no, no sería Dios que en medio de nuestro pecado, de las adversidades, de nuestras fragilidades está presente, amándonos hasta el extremo, permitiéndonos sacar bienes de esas situaciones que ante los ojos del mundo y de uno mismo no tienen perdón. De eso se trata su misericordia, no de olvidar nuestro pecado, sino de perdonarlo y de ver con inmenso amor las cosas más hermosas que hay en nosotros, a pesar de nuestras faltas y del mal que hayamos podido hacer en el pasado. Él es Dios, esta es mi experiencia con Él: me ha amado tanto, sin motivo, sino otra razón mas que la de ser infinita y extremamente amoroso.

Ahora todo es nuevo, porque Él lo hace todo nuevo. Le pedí perdón, le pedí me dé una nueva oportunidad, le entregué mi corazón y le entregué mi cuerpo. No es fácil, debo reconocerlo, pero la gracia de Dios que obtenemos en la oración continua y en los sacramentos, nos permite alcanzar lo inalcanzable.

Hace 5 años que yo le pedí al Señor que me permita ofrecerle mi promesa de castidad,  sabiendo también que sólo con su ayuda sería capaz de cumplirla. Así lo he hecho hasta hoy, y no me arrepiento, al contrario, me alegro mucho. ¿Cómo no optar por Él, si nada nos pide y todo lo da? Y Él todo me lo ha dado verdaderamente todo. No me ha negado nada.

Todos tienen su propia historia... todos han pasado por algo que los ha cambiado...

Todos tienen su propia historia… todos han pasado por algo que los ha cambiado…

El verdadero amor nos cambia para bien y saca lo mejor de nosotras. ¿Quién podría creer que ahora yo podría ayudar a alguien? ¿Quien podría creer que Dios ha puesto su confianza en mí? ¿Quién podría creer que podría ser catequista o animadora o consejera o que pueda volver a enamorarme de alguien teniendo una relación totalmente distinta? Sólo quien es Amor puede ser capaz de darnos amor. Solo un verdadero amor puede recuperarnos y hacernos verdaderamente libres.

Los días de mi vida han cambiado mucho. La oración, la visita al Señor en el Santísimo, la Comunión en Misa, las Misas, las confesiones, los rosarios, han pasado a ser parte importante de mi vida. Siento ahora que no podría pasar un día sin hablar con el Señor y agradecerle todo lo que ha hecho por mí. Ahora tengo nuevos amigos, con ellos experimento una amistad totalmente diferente y verdadera. Sus consejos, su alegría, su compañía, algo que jamás había tenido.

Definitivamente vale la pena jugarnos todo por Él. Jamás nos abandona cuando lo buscamos, ni deja de escucharnos cuando le hablamos. Ahora espero con mucha alegría todo lo que Él tenga preparado para mí.

D., 24 años, Perú, 2012.

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Testimonio escrito para La Opción V

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1 comentario

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Una respuesta a ““El día que aborté, me sentí morir junto a mi hijito”

  1. Nessi Telrunya

    Yo soy muy sentimental y logico lloré antes de terminar de leer pero que bueno que estas recuperada y que bueno que sabes que Dios te Ama y nunca abandona, y ahora a hacer vida de lo aprendido y llenarte de Dios para que sea el quien guie tus pasos. Muchas Bendiciones para ti.

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