Los escotes, los bailes, la seducción, todo, todo era un grito desesperado de amor que pensaba que el sexo iba a llenar

Mi pasado no determina mi presente ni mi futuro: hoy sé que puedo volver a empezar, que puedo luchar y entrenarme en la castidad para esperar por mi futuro esposo aun sin conocerlo...

Mi pasado no determina mi presente ni mi futuro: hoy sé que puedo volver a empezar, que puedo luchar y entrenarme en la castidad para esperar por mi futuro esposo aun sin conocerlo…

Cuando era niña, mi idea del amor perfecto y verdadero salía de las películas de Disney. Una princesa que encuentra a su príncipe, saben que son el uno para el otro, se enamoran y se casan. Eso y el hecho de pertenecer a un movimiento católico desde que era una bebé me hicieron tomar la decisión de ser virgen y esperar hasta el matrimonio para entregarme por completo a mi futuro esposo.

Estuve toda mi vida en un colegio católico que me ayudó a ahondar en mi amor por Jesús y por la Iglesia, y eso me ayudó a mantenerme siempre firme en mi decisión. A pesar de que algunas compañeras ya tenían novio y ya sabían sobre sexo, yo no lo veía como algo necesario o que hacía mi vida incompleta. Igual, desde que era chica empezaron los juegos de “botella borracha” que parecían muy inocentes, lo hacíamos movidos por la curiosidad, pero daban pie a creer que podías besar a cualquier chico o chica y que incluso si era tu amigo, no tenía “nada de malo”.

Después de eso salí con un muchacho con el que me ilusioné mucho, y él terminó estando con una amiga mía. Tenía el corazón roto y en ese momento, el amigo de este chico empezó a buscarme para salir. Él tenía 22 y yo 16. Después de unos meses estuve con él. Poco a poco fui perdiendo mi castidad mientras iba descubriendo lo bien que se sentía a veces que un chico te tocara, pero siempre tenía miedo de cruzar cierto límite. Me decía a mí misma lo que me dije por años: “¿Cuál es el problema mientras sea virgen y me confiese?” Pero llegó a un punto en el que yo le dije: “No puedo. Quiero, pero no puedo”. No quería darle mi virginidad y poco tiempo después, terminamos.

Una semana después de eso yo ya estaba besando a otro chico de la universidad al que le gustaba. Me sentía halagada y feliz de gustarle a alguien. No me sentía sola. Como ya había tenido varias experiencias sexuales sin llegar hasta el final, con este nuevo chico comenzó desde donde me había quedado con el anterior. ¡Lo peor es que ni siquiera estábamos de novios!

A veces mi papá me preguntaba por mi vida sexual y yo pensaba: “¿Qué le importa? ¿Cómo se le ocurre preguntarme por eso? Es MI vida sexual, no la suya”.

Después estuve de novia con otro chico y cada vez me acercaba más y más al límite entre ser virgen y no serlo. No era casta, aunque creía que lo era. Recuerdo cuántas veces intenté ser casta con él. Hubo un tiempo corto en el cual lo éramos, y recuerdo haberme sentido muy feliz y más unida a él que nunca. Pero eso no duró, porque si bien él nunca había tenido relaciones sexuales al igual que yo, ya nos habíamos permitido tener todo tipo de “intimidad”. A la larga, esa relación también se terminó.

En ese momento en mi vida había cambiado de universidad por jalar un par de cursos y la relación de mis papás estaba totalmente deteriorada. Perdí a mis amigos y dos años de carrera, pero sobre todo, había perdido mi conexión con Dios. Por entonces no me daba cuenta que eso había pasado porque no practicaba la castidad, porque sentía que algo se había roto entre nosotros, algo que no se podía recuperar.

Fue así como entré en una espiral. Tuve experiencias sexuales con un chico y con el otro, y con ninguno de ellos estuve en una relación. Decían quererme, intimaba con ellos, pero al poco tiempo, todo terminaba. Sentía un vacío enorme, sufrí de depresión me tuvieron que medicar por año y medio, engordé con el transcurso de los años.

En ese tiempo empecé con la masturbación, algo que nunca me había atraído hasta que un día decidí aprender. Desde que empecé, me ha sido imposible parar.

Luego llegué a mi tercer novio. Era un chico bueno que conocía por años pero no éramos amigos. Después de decirme que le gustaba, estuvimos a los tres días porque estábamos ilusionados, y esa ilusión me llevó a decirle al mes que quería que él fuera mi primera vez. Aunque yo me ofrecí y se lo pedí, él no quería, porque había tenido relaciones con una chica antes y se arrepentía. Tuvimos problemas y poco después, también esa relación se terminó.

Fue entonces que perdí toda aquella ilusión de la que hablaba al principio, y me rendí pensando que nunca encontraría al amor de mi vida. Anestesié mi conciencia, fui a la casa de un amigo y accedí a tener relaciones sexuales con él porque sí. Y a mis 23 años cometí el peor error de mi vida: perdí mi virginidad, se la “regalé” a cualquiera simplemente por desesperada.

Al día siguiente, cuando hablaba con una amiga, le dije que tener relaciones sexuales por primera vez no había sido la gran cosa. La verdad era que no lo había disfrutado. Otro día volví a su casa y lo volvimos a hacer, y en ese momento, me puse a llorar, porque mi conciencia —que había tratado de anestesiar en todo ese tiempo— no me dejaba tranquila. Había perdido mi relación con Dios por algo tan pasajero como el placer sexual.

Seis meses después mi tercer novio me buscó para regresar y yo accedí. Empezó la intimidad sexual sin siquiera estar. Cuando estuvimos, eso pasó a otro nivel, pero mientras más cosas hacíamos y más queríamos tener relaciones, más problemas teníamos también. Yo era celosa, él era indiferente. Muchas veces descubríamos el anhelo de ser castos, de no querer seguir con todo eso, pero muy pronto volvíamos a lo mismo. Yo ya no era virgen y ahora sí quería tener relaciones, dijéramos lo que dijéramos.

Finalmente la relación se rompió y terminé con él. Sin embargo, poco tiempo después volvimos a vernos y yo accedí a volver a los juegos sexuales, porque si bien sabíamos que no éramos el uno para el otro, la atracción física nos ganaba. En un momento lo detuve y le pregunté si me amaba y él no podía decírmelo. Para mí fue un doloroso “despertar”: me di cuenta que solo me estaba usando y yo a él, claro está. Me costaba creer que le había entregado todo, mi cuerpo y mi corazón, y aún así no me amaba.

Al abrir los ojos a la realidad entendí que yo había estado usando el sexo como un gancho para retener a los hombres, porque no me sentía lo suficientemente valiosa por dentro para que me amaran de verdad. Los escotes, los bailes, las frases en doble sentido, la seducción, todo, todo era un grito desesperado de amor que pensaba que el sexo iba a llenar. Pero no lo hizo. Ponía mi valoración en mi cuerpo y aún así me odiaba a mí misma. El sexo nunca solucionó nada. Sólo me alejó de Dios, me alejó de personas que yo amaba y de mí misma: yo no valía nada y no merecía ser amada.

Después de ir a la Jornada Mundial de la Juventud y de encontrarme con “La Opción V”, me di cuenta de que esa niñita que anhelaba el amor de un príncipe todavía está ahí y que no era tarde para mí. Es verdad que yo ya no soy virgen, pero mi pasado no determina mi presente ni futuro: hoy sé que puedo volver a empezar, que puedo luchar y entrenarme en la castidad de ahora en adelante para esperar por mi futuro esposo aun sin conocerlo, respetándolo y amándolo con todo mi corazón y también con mi cuerpo, purificando día a día mi corazón de todo egoísmo y dominando mis impulsos sexuales para que no sean ellos los que me dominen o dicten lo que debo hacer. No tengo miedo de contar lo que hice porque me he perdonado a mí misma, y sé que la misericordia de Dios es tan grande que Él me ama por lo que soy, no por los errores que cometí. Sé que me caí muchas veces, pero lo importante es que hoy me levanto para dejar atrás una vida promiscua y salir adelante, y les confieso que hoy, acogiendo esta nueva oportunidad y en la lucha por vivir la castidad, soy más feliz que nunca. El sexo no me dio el amor que andaba buscando, al contrario, lo alejó cada vez más de mí, pero Dios me lo ha dado, y me ha regalado una nueva oportunidad de ser pura, de respetarme y amarme a mí misma cada día más para poder ser respetada y amada como lo anhelo en lo más profundo de mi ser.

B.M., 24 años.

Testimonio escrito para La Opción V

* ¡Este Blog es un espacio creado para ti! Tú también puedes enviarnos tus preguntas, testimonio o reflexiones a laopcionv@gmail.com, con nuestro compromiso de guardar tu identidad en la más absoluta reserva. Con tu colaboración y participación podremos ser cada vez más quienes creemos que el amor verdadero sí existe, y que el camino para alcanzarlo es la castidad!

** Todas las publicaciones en este Blog son de propiedad de La Opción V. Pueden ser difundidas libremente, por cualquier medio, consignando siempre la fuente. Está terminantemente prohibida su reproducción total o parcial con fines de lucro.

 

 

 

 

 

 

2 comentarios

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2 Respuestas a “Los escotes, los bailes, la seducción, todo, todo era un grito desesperado de amor que pensaba que el sexo iba a llenar

  1. Stefany

    Tu testimonio nos da fuerza a aquellos que nos sentimos en el abismo… tal vez no podamos recuperar la virginidad pero Dios nos ama tanto que nos devuelve la pureza para volver a ser castos ante sus ojos y poder así, dedicarnos enteramente a quien en un futuro será nuestro esposo o esposa. Dios te bendiga y reza mucho por quienes ahora estamos en el duro camino de regresar a Dios.

  2. Brenda

    K bonito testimonio .. Ami en lo personal meda fuersas para seguir por que asi como tu yo tamb siempre soñaba con mi principe con algo k muchos disen ESO no existe pero se que si ..y al igual me paso lo Mismo cai en cosas k no keria caer .. Y e caido en la sexualidad en la cual no kiero seguir quiero ser pura kiero vivir la castidad ..y tus palabras me Dan fuersas para desir k si puedo aserlo k la misericordia de DIOS Es infinita<3

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