Los beneficios de la castidad para el amor: un testimonio.

Día a día nos hacen tragar la gran MENTIRA de que es imposible vivir la castidad, de que no es normal, de que hace daño…

¿Qué? ¿Son castos? ¡Eso no entra en mi cabeza! ¿Y qué de las hormonas? ¡Las relaciones sexuales son algo muy natural! ¡No es bueno ir contra la naturaleza y hacer del placer un asco! ¡Se tiene solamente una vida y es preciso gozarla al máximo! ¡No me digan! ¿Ustedes dejan que unos curas ancianos, que no conocen nada del amor y del sexo, les digan qué hacer? ¡Esto ya ha terminado! ¡La castidad está pasada de moda!”

Julie (nacida en 1976) y yo (nacido en 1965), somos una mujer y un hombre del Québec moderno, ciudad que rechaza y desacredita a todo aquel que se atreve oponerse a la sexualidad libre y abierta.

De jóvenes experimentamos nuestras primeras relaciones sexuales. Fueron muy decepcionantes, como ocurre a menudo. Ciertamente, el deseo biológico estaba allí, impulsivo, incluso a veces arrollador. Sin embargo, la razón y la sensatez faltaban a la cita. Rápidamente el modelo clásico se instaló: las relaciones nacían, se consumían sexualmente y finalmente morían en sí mismas. De allí volvíamos a comenzar nuevas relaciones y de nuevo venían las decepciones y las frustraciones, acumulándose las unas sobre las otras.

Luego, un día, uno despierta, agotado de sufrir y de dar vueltas en un círculo vicioso. Vamos a ver: ¿el amar, termina siempre así, de la misma manera? Era ineludible tener que admitir nuestra miseria profunda respecto al amor tal como se suele practicar. Como paso obligado, se imponía un muy difícil cuestionamiento: ¿quizá que no he estado amando como es debido? Una duda en particular acuciaba: ¿era realmente decente y honorable al hacer el amor con mis parejas sucesivas “protegerme” al mismo tiempo de los efectos “normales” de estos encuentros sexuales, es decir, de la llegada de un niño? ¿Acaso nuestras relaciones sexuales no reposaban realmente en una mentira implícita, no reconocida y sobre todo no expresada?: “Me gustas, pero no lo bastante como para darte enteramente mi vida y tener a un hijo contigo…”.

Por último, la verdad terminó por triunfar sobre la mentira. Era imperioso intentar “otra cosa”. Entonces, ¿por qué no amar “en verdad”? ¡A gran amor, los grandes medios! ¡Hay que terminar con las soluciones fáciles, con las componendas, con las mentiras! Alguien nos habló de la castidad, presentándolo como un “camino de felicidad y verdad”. ¿Por qué no intentarlo? ¿Quizá eso nos haría feliz? El resultado iba a ser incontrovertible.

Los frutos-efecto de la castidad para nuestro amor y nuestras vidas

¡Es verdad! ¡Sí, es verdad! Los efectos beneficiosos no se hicieron esperar. Al principio uno se siente raro, uno se pregunta qué se va a hacer para pasar el tiempo (ya que hay que reconocer esto: uno besa a menudo para pasar el tiempo, sobre todo cuando la pareja no tiene mucho que decirse). Luego uno se sorprende. Te gusta esta nueva libertad, este nuevo espacio para el diálogo y el verdadero encuentro del otro, los verdaderos intercambios. ¡Se discute sobre nuestros valores profundos, sobre nuestra visión de la vida, la muerte, el amor, la familia, la sexualidad misma! ¡Y luego se viven cosas juntos, los dos, se realizan actividades (¡fuera de la cama!). En resumen, la pareja aprende a conocerse realmente. Todo proviene de su origen, de la castidad y en la paz.

La mayor ventaja de la castidad, en nuestra opinión, es que clarifica nuestra mirada respecto al otro y evita así muchos dolores y pérdidas de tiempo. Ésta claridad de mirada nos permite evaluar mucho más rápidamente si la relación tiene oportunidades de durar y alcanzar un compromiso duradero junto con la fecundidad biológica. (Por experiencia, puedo decir que después de dos o tres semanas de una relación casta se tiene ya una buena idea de la “durabilidad” de la relación, mientras que mis relaciones no castas se extendían a menudo por dieciocho meses y algo más antes de desmoronarse).

Añadamos un matiz importante que podrá sorprender: la castidad no es un fin en sí. El fin, el objetivo es la LIBERTAD en el amor. No hay celos pueriles y obsesivos, no hay presiones sexuales que hacen del otro un “objeto” para apaciguar mis lapsos impulsivos, solamente una libertad ALEGRE y ABIERTA que permite el verdadero encuentro con el otro, un misterio que debe gustarse y descubrirse en su unicidad.

Es en este contexto de libertad profunda que Julie y yo pudimos descubrir, y esto a partir del cuarto mes de relación, que el matrimonio entre nosotros era posible. Una vez comprometidos, hemos esperado más de dos años antes de casarnos, continuamos siendo ÍNTEGRAMENTE CASTOS hasta nuestro matrimonio a pesar de las dificultades hormonales normales. Obviamente, nuestra noche de bodas se experimentó una intensidad renovada, una alegría pura y profunda, casi virginal, diría.

Volverse casto: ¿un combate heroico?

Los medios de comunicación ─casi siempre─ intentan hacernos tragar la farsa de que la castidad es imposible de vivirse, y que, en el mejor de los casos, da como resultado una neurosis. ¡MIENTEN! Pero si se puede, ¿cómo llegar a vivir la castidad? Eso depende de cada uno. Para los de más edad será necesario desarrollar seguramente la estrategia de los pequeños pasos, de la progresión. Es difícil deshacerse de una práctica de varios años. Se debe pues dar un pequeño paso a la vez: reducir, luego cesar la masturbación característica; reducir la frecuencia de las relaciones sexuales sustituyéndolo por una actividad agradable; sopesar los límites “geográficos” de nuestras ternuras; fijarse un “período” de castidad de una semana para comenzar, etc. A cada uno le toca desarrollar sus propias alternativas.

Pero, a decir verdad, es necesario también confesar que es en mucho, si no sobre todo, gracias a nuestra vida de oración, a la ayuda de Dios y sus sacramentos que recibimos la fuerza para superar las tentaciones ─periódicas, sobre todo al principio─ y perseverar. Te puedes reír de la fe cuanto quieras, pero la verdad existencial, muy real y concreta, es que la fe actúa de manera potente y comprobable y logra sus efectos. Por ello, la experiencia común me convenció debido al hecho de que la castidad es casi imposible de vivirla cuando se la concibe como un combate personal contra sí mismo y contra los impulsos egoístas que buscan la posesión y la explotación sexual del otro (aún estando de acuerdo la otra parte). La castidad, al contrario, es motivada por el deseo profundo de respetar la verdadera naturaleza del amor entre dos personas, de un amor que entraña el respeto íntegro y radical de sí mismo y del otro, de nuestro ser personal y sexuado. Al otro lo amo, pero no lo poseo. Pertenece a Dios y yo tengo el deber de respetarlo porque es digno de un respeto infinito, que encuentra su fundamento en Dios, el Creador de cada uno y de cada una de nosotros. Él es el Creador del amor, porque Él mismo es Amor. ¡Y así como no se juega con Dios, tampoco se juega con el amor!

¡Salvemos al amor verdadero!

Hablar y dar testimonio de la castidad no es poca cosa: es situarse incluso en el corazón de la crisis de nuestra civilización occidental, que es una crisis del amor auténtico y duradero. No hay que callarse, callar nuestra felicidad, por pereza, miedo o cobardía, y dejar el micrófono ─y el teclado de ordenador─ a las prostitutas y a los falsarios de la sexualidad “abierta” y “libre”: ¡abierta para la desdicha y las desilusiones, y libre (y liberada) de toda felicidad profunda y duradera! Los jóvenes en particular (14-25), sólo esperan nuestro testimonio audaz y convencido para descubrir también ellos que la felicidad y la libertad se obtiene por medio de la castidad.

El amor no debería dar náuseas existenciales, debería ser el corazón de nuestras vidas y de nuestra felicidad. La felicidad verdadera pasa por el amor verdadero. A los grandes males de amor los grandes remedios: ¡vive la castidad!

Luc Phaneuf, 37 años, Canadá.

* Este testimonio ha sido tomado de internet, es de dominio público. 

2 comentarios

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2 Respuestas a “Los beneficios de la castidad para el amor: un testimonio.

  1. ¿El punto es ese no? Que esa persona que amas y que dice amarte permanezca a tu lado sin la necesidad de darle a cambio sexo… ¡no se imaginan cuánto quiero formar una relación así! Yo también he experimentado lo mismo: la relación que tuve y que tanto daño me causó fracasó totalmente por eso, porque después de haber faltado a la castidad no había libertad, se fue el respeto, no había ni paz ni tranquilidad en mi día a día… y se acabaron los detalles… y como no había confianza, eso ocasionaba millones de problemas y en vez de sentirme segura me sentía insegura al 100%… (Anónima, 18 años)

    • Nestor Osvaldo Zubiat Cerviño.-

      Pues mira , Alicia y yo estamos de novios desde hace 6 años y durante todo ese tiempo dedicamos nuestra amor a DIOS padre y a DIOS hijo y hacer eso nos proporciona una felicidad plena basada en el respeto mutuo y a la castidad perfecta , si DIOS quiere pensamos casarnos para Enero del año que viene bendecidos por el Santisimo Sacramento del Matrimonio de la Santa Iglesia para despues disfrutar a pleno de nuestro amor ( Alicia tiene 36 años y yo 60 ).-

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